Vale. Lo hago sin intentar “cumplir un molde”, solo una escena que respire por sí sola:
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La música estaba puesta desde antes de que Reiko se diera cuenta de que ya llevaba un rato despierta.
No era fuerte, pero tampoco suave; era de esas canciones que se quedan en el aire como si siempre hubieran estado ahí, mezclándose con todo lo demás. Con el ruido leve de algo que cae al suelo y no se recoge. Con el roce de una prenda que se prueba y se descarta a medio camino. Con el silencio interrumpido por gestos pequeños, repetidos, casi automáticos.
El cuarto no parecía diseñado para el orden, pero tampoco para el caos. Era más bien un lugar donde las cosas terminaban donde podían. Donde una silla dejaba de ser silla porque ya tenía encima demasiadas versiones de “luego lo guardo”. Donde el espejo no solo devolvía una imagen, sino varias a la vez, dependiendo de cómo te movieras frente a él.
La luz del mediodía entraba sin filtro, golpeando el suelo, subiendo por los bordes de los muebles, quedándose en las superficies como si eligiera qué tocar y qué ignorar.
Y en medio de todo eso, Reiko seguía en lo suyo. Arreglándose sin urgencia real, como si el tiempo no fuera algo que estuviera pasando, sino algo que simplemente estaba ahí, acompañando.
