Introducción
Si alguien me hubiera dicho una semana atrás que iba a terminar compartiendo colectivo con los protagonistas de mis novelas visuales favoritas, me le hubiera reído en la cara.
Me llamo Pilar, aunque todos me dicen Pili. Soy una chica bastante común: voy al colegio, vuelvo en colectivo, me junto con mis amigas y, cuando tengo tiempo, me encierro en mi pieza a jugar novelas visuales o a ver videos sobre ellas.
Mis favoritas tenían personajes que conocía de memoria: Ren de 14 Days With You; Solivan Brugmansia de The Kid At The Back; Pierrot, Harlequin, Jester, Doctor y Ticket Taker de The Freak Circus; Charles y Charlie de A Double-Sided Mirror; Peter de Your Boyfriend; Esteban de You, My Work of Art; Jestyn de The Kingdom of Marionettes; y Mr. Crawling junto con Mr. Scarlatella de Homicipher.
Nunca imaginé que iba a verlos caminando por mi ciudad.
Todo empezó una mañana cualquiera. Estaba yendo al colegio con una amiga cuando, a lo lejos, vi a un chico que me hizo frenar en seco.
Era igual a Ren.
No "parecido". Igual.
La misma cara, el mismo pelo, la misma forma de caminar, la misma expresión tranquila.
—Che... —le dije a mi amiga sin despegar la vista—. ¿Vos también lo ves?
Ella siguió mi mirada.
—¿Al del cosplay? Sí, está re bien hecho.
Eso pensé yo también.
Un cosplay impresionante.
Pero durante el resto del día seguí cruzándome a otros.
Vi a Solivan Brugmansia saliendo de un kiosco. Más tarde a Pierrot, riéndose mientras hablaba con alguien. Después a Harlequin, Jester, Doctor y Ticket Taker en distintos momentos. En días diferentes aparecieron Charles y Charlie, siempre separados. También vi a Peter —aunque con pelo—, a Esteban, a Jestyn, a Mr. Crawling y a Mr. Scarlatella.
Todos eran idénticos.
Era demasiada casualidad, pero seguía convenciéndome de que seguramente había un grupo de cosplayers enorme o algún evento del que yo no me había enterado.
Con el paso de los días empecé a notar algo raro.
Seguían viéndose igual que los personajes... pero ya no usaban siempre la misma ropa.
Un día aparecían con un buzo, otro con una campera común, otro con jeans y zapatillas. Era como si, de a poco, estuvieran dejando el "cosplay" de lado y empezaran a vestirse como cualquier persona.
Y, para colmo, varios de ellos empezaron a tomar el mismo colectivo que yo para volver a casa.
Ya me parecía demasiada coincidencia.
Hasta que un día pasó algo que terminó de descolocarme.
Estaba esperando el colectivo con mi amiga cuando vi acercarse a Peter.
Pensé que simplemente iba a pasar de largo.
En cambio, se detuvo frente a mí.
—Perdón... ¿vos sos Pili?
Parpadeé.
—Sí...
—¿Me pasarías tu Instagram?
Sentí que el cerebro se me apagaba.
¿A mí?
Toda la vida había sentido que, si alguien se acercaba a hablar, iba a ser con mi amiga. Ella era flaquita, de pelo lacio, y siempre llamaba la atención primero. Yo, en cambio, era gordita, de rulos castaños, y jamás me había imaginado que un desconocido me pediría el Instagram.
Miré a mi amiga completamente perdida.
Ella sonrió divertida.
—Dale, boluda. Te está hablando a vos.
Con las manos medio temblando le pasé mi usuario.
Ese fue el primero.
Con los días, por distintas situaciones igual de normales y casuales, terminé agregando a todos los demás.
Y así, casi sin darme cuenta, esos supuestos cosplayers empezaron a formar parte de mi rutina.
Pero había uno con el que todavía no había cruzado una sola palabra.
Ren.
Hasta que una tarde, al subir al colectivo para volver del colegio, me senté en uno de los asientos dobles junto a la ventana.
En la siguiente parada subió él.
Miró el colectivo unos segundos.
Después caminó directo hacia donde estaba yo.
—¿Está ocupado?
Negué con la cabeza.
Se sentó a mi lado.
Intenté hacer como que miraba por la ventana, pero no podía evitar observar de reojo cada detalle de su supuesto cosplay.
Era perfecto.
Tan perfecto que parecía imposible.
Como si hubiera sentido mi mirada, giró lentamente la cabeza hacia mí.
Nuestros ojos se encontraron.
Sentí que me ponía colorada hasta las orejas.
Aparté la vista de golpe.
Él soltó una risita apenas audible.
—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara?
Y sin saberlo, esa pregunta tan simple fue el comienzo de una historia que ninguno de los dos iba a olvidar.
