El primer día de clases siempre era un caos.
Sillas arrastrándose, profesores llamando lista, alumnos hablando sin parar… el típico desastre que parecía funcionar por pura suerte.
Entonces la puerta del aula se abrió.
Entró una chica con el uniforme impecable. El blazer era de una marca cara, los zapatos parecían nuevos y su mochila seguramente costaba más que varios celulares juntos.
Pero nada en ella transmitía arrogancia.
Todo lo contrario.
Caminaba con la cabeza baja, los hombros tensos y las manos aferradas a las correas de la mochila, como si quisiera hacerse invisible.
—Ella es Yena. Es nueva. Espero que la reciban bien.
Yena hizo una pequeña reverencia.
—Mucho gusto.
Su voz fue tan baja que apenas la escucharon.
La profesora la sentó en el único asiento libre.
Al lado de Bang Chan.
Chan le dedicó una sonrisa amable.
—Hola. Soy Chan.
Ella tardó unos segundos en responder.
—…Yena.
Nada más.
No levantó la vista.
No sonrió.
No volvió a hablar.
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Durante toda la mañana, Chan notó cosas extrañas.
Cada vez que alguien levantaba un poco la voz, Yena se tensaba.
Cuando un libro cayó al piso, dio un pequeño sobresalto.
Y cuando el profesor pasó detrás de su banco para revisar el trabajo…
Ella dejó de escribir por un instante, como si hubiera contenido la respiración.
Chan frunció el ceño.
“No parece solo timidez…”
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En el recreo, todos salieron del salón.
Lee Know, Changbin, Hyunjin, Han, Felix, Seungmin e I.N conversaban y reían como siempre.
Chan miró hacia el aula.
Yena seguía sentada en su lugar, mirando por la ventana con una expresión completamente vacía.
No parecía triste.
No parecía enojada.
Parecía… cansada.
Como si el mundo entero le pesara sobre los hombros.
—¿Siempre está así? -preguntó Felix.
Chan negó lentamente.
—No lo sé… pero siento que carga con algo muy grande.
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Los días pasaron.
Yena seguía siendo igual de callada.
Respondía solo cuando era necesario.
Pedía perdón por cualquier cosa, incluso cuando ella no tenía la culpa.
Nunca hablaba de su vida.
Jamás mencionaba a su familia.
Y cuando alguien comentó lo bonito que debía ser vivir en una mansión porque su apellido era conocido por todos…
Ella simplemente bajó la mirada.
No sonrió.
No presumió.
Solo dijo en voz baja:
—No tiene nada de bonito.
El salón quedó en silencio.
Nadie volvió a sacar el tema.
Chan la observó unos segundos.
Era extraño.
Todos pensarían que una chica tan rica tendría una vida perfecta.
Pero la expresión de Yena decía exactamente lo contrario.
Como si odiara todo lo que ese apellido representaba.
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Una tarde estaban haciendo un trabajo en parejas.
Chan movió una silla sin querer.
El ruido hizo que Yena levantara los brazos de inmediato, cubriéndose la cabeza por reflejo.
Todo ocurrió en menos de un segundo.
Ella bajó lentamente las manos al darse cuenta de lo que había hecho.
Su rostro perdió completamente el color.
—…Perdón.
Susurró.
Como si hubiera hecho algo malo.
Chan sintió un nudo en el pecho.
—No hiciste nada.
Ella solo asintió.
Pero evitó mirarlo el resto de la clase.
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Con el paso de las semanas, Chan llegó a una conclusión.
Yena no era fría.
No era antipática.
Ni tampoco una chica que creyera ser mejor que los demás por el dinero de su familia.
Era una chica que parecía haber aprendido que sentir, confiar o hablar demasiado siempre terminaba haciéndole daño.
