El olor a tabaco caro, perfume de diseñador y el inconfundible rastro metálico de la sangre fresca siempre flotaba en el piso más alto del rascacielos de Bonten. El dinero no podía comprar la paz, pero sí el silencio, la impunidad y el poder absoluto. En el centro de ese imperio de pecado, tres hombres gobernaban como una trinidad pagana: los hermanos Haitani y Haruchiyo Sanzu.
Ran siempre observaba primero. Desde las sombras, con sus ojos perezosos y una sonrisa lánguida que escondía una crueldad milimétrica, jugaba con su porra táctica como si fuera un director de orquesta a punto de iniciar una sinfonía de huesos rotos. A su lado, Rindou emanaba una tensión silenciosa y letal; sus ojos, fríos calculaban cada debilidad del enemigo, listo para romper cualquier resistencia con la precisión de un cirujano sádico. Pero el verdadero caos llevaba el cabello rosado y cicatrices en forma de rombo en las comisuras de los labios. Sanzu no calculaba, él devoraba. Su risa histérica, a menudo potenciada por las pastillas que consumía como dulces, era el presagio de que la catana de Bonten estaba a punto de cobrar una nueva vida en nombre de su Rey, Mikey. Sin embargo, su personalidad profunda salía cuando dejaba las pastillas.
Nadie sobrevivía a ellos. Nadie se atrevía a mirarlos a los ojos. Hasta que entraste tú.
No llegaste a Bonten como una amenaza, sino como una obsesión. Para Ran, te convertiste en la única joya que valía la pena poseer y exhibir en su jaula de oro. Para Rindou, eras la única debilidad que sus manos expertas se negaban a romper, transformando su frialdad en un instinto de protección violento y asfixiante. Y para Sanzu... tú te convertiste en su nueva adicción, la única droga capaz de calmar los demonios de su cabeza o de volverlo completamente demente; con solo una orden, así como mataría por ti sin pensarlo, también acabaría tu vida.
En el submundo de Tokio, el amor no es un refugio; es una sentencia de muerte o el contrato de propiedad más peligroso del mundo. Entre trajes a medida, lujos desmedidos, pastillas de colores y sábanas de seda manchadas de pólvora, estar junto a la Trinidad de Bonten significaba ser adorada como una diosa por los mismos monstruos que estaban listos para quemar el mundo entero con tal de mantenerte a su lado.
